Hora de progreso

Comentarios políticos, por Juan Luis Calbarro

Air Berlín y la comisaria

jlcalbarro | 06 Junio, 2008 17:39

[Texto completo del comunicado emitido hoy por Unión, Progreso y Democracia en Baleares]

Unión, Progreso y Democracia (UPyD) apoya las recientes declaraciones de directivos de Air Berlín contra la imposición del catalán

(Joachim Hunold y Álvaro Middelmann ponen en su verdadero sitio a la comisaria lingüística del Govern, Margalida Tous)

Unión, Progreso y Democracia quiere denunciar una vez más las prácticas de presión del Gobierno de Baleares contra el uso del castellano ya no sólo en el ámbito público, sino también en el puramente privado. Tras la campaña de intensificación de la normalización lingüística en la Administración y la campaña Ara és la teva. Parla català, con el fin casi explícito de arrinconar el castellano en su uso privado y convertirlo en una lengua de segunda y, lo que de verdad nos importa, a sus hablantes en ciudadanos de segunda, conocemos ahora la misiva que Margalida Tous, directora general de Política Lingüística, remitió a la gerencia de Air Berlín con el fin de insistir en la necesidad de que el personal de esta compañía alemana basada en Palma utilice el catalán con sus pasajeros.

Que un ejecutivo dedique esfuerzos y recursos a persuadir a importantes empresarios de que empleen una u otra lengua en sus relaciones con sus clientes es, además de entrometimiento e impertinencia, un desatino sólo comparable al caso de que el Govern aconsejara a los restaurantes el menú que deben ofrecer o a los modistas la longitud que deben alcanzar las faldas de sus creaciones. En un nuevo alarde de feroz intervencionismo sociolingüístico, el gobierno Antich hace el ridículo inmiscuyéndose en los procesos naturales de la sociedad civil, pretendiendo moldearlos como si hubiésemos vuelto a los tiempos de la vieja Unión Soviética. No basta con alegar que el Govern sólo aconsejó; ¡es que ir más allá habría sido delito! Pero todos conocemos la fuerza que tiene un consejo que proviene del poder.

Frente al boicot anunciado por la organización separatista Plataforma per la Llengua contra Air Berlín, UPyD anima a los ciudadanos de estas islas, en particular a los empresarios y muy especialmente a los directivos de Air Berlín a mantenerse firmes en la defensa de sus derechos y a mantener los criterios de eficacia, servicio y rentabilidad frente a los absurdos requisitos de la mitología nacionalista. UPyD, también, quiere recordar a la ciudadanía que el PSOE y el PP, en virtud de sus muchos años de gobierno en alianza con fuerzas políticas separatistas o puramente oportunistas y de su acción legislativa cuando menos equívoca, son los máximos responsables del actual estado de cosas, en que partidos anticonstitucionalistas sin apenas apoyo del electorado, como ERC o el PSM, dirigen la política cultural y lingüística de las islas merced a la falta de principios y de escrúpulos de aquellos partidos grandes. UPyD reitera su compromiso de no pactar jamás con nacionalistas para gobernar y su promesa de suprimir los departamentos de política lingüística de todas las instituciones insulares tan pronto alcance el poder.

Caridad y solidaridad

jlcalbarro | 06 Junio, 2008 02:37

Una de las imágenes de la hipocresía que siempre me ha molestado especialmente es la de esa señora tan típicamente carpetovetónica que, envuelta en un grueso pellejo de animal muerto y deslumbrando a la parroquia con sus joyas, añade a éstas el ornamento del carné de una entidad filantrópica que los de su clase gestionan para, desde sus alturas, favorecer a los desfavorecidos. Lo mismo organiza un mercadillo de beneficencia que dona las migajas de su bienestar a los negritos y a los chinitos del Domund o al lisiado que acampa en horario de misa a la puerta de la iglesia. “No se lo gaste usted en bebida”, podemos imaginar que aconseja la buena señora al mendigo como conveniente guarnición de la moneda entregada, desde la tranquilidad que otorga saber cómo son las cosas: como siempre han sido.

La caridad, que –como la fe y la esperanza– aparece definida en los crucigramas y en algunos tratados como virtud teologal, me ha reventado siempre porque no tiene por protagonista al que la recibe, sino al que la practica: ¡valiente virtud! Soy caritativo porque, en el fondo, soy mejor que el mendigo: yo sé en qué se debe gastar el dinero; pero, sobre todo, sé cómo se gana –y él no. Practico la caridad porque soy así de generoso y encima gano el Cielo. La caridad no es un derecho del pobre, sino una gracia que el pudiente le concede mientras demuestra su buen corazón y al mismo tiempo marca el abismo insalvable de la diferencia social y garantiza que todo siga en el lugar en que siempre estuvo. Un rito rentabilísimo.

A diferencia de la caridad, la solidaridad no presupone gracia ni bondad, sino compromiso. Soy solidario porque considero que quien recibe los frutos de mi solidaridad tiene derecho a ellos. En un planteamiento solidario, y así es también en el derecho civil occidental desde los tiempos de Justiniano, todos estamos en la misma posición, todos nos reconocemos intereses comunes y, por tanto, todos nos hacemos responsables de la solución de los conflictos con la convicción de que aportaremos hasta donde podamos aportar porque asumimos que los problemas del otro son también nuestros problemas. La solidaridad –la fraternité de los revolucionarios– es una aspiración que, junto con las de la libertad y la igualdad, permite tejer la malla social con el hilo de la justicia. La ayuda solidaria pretende ir más allá del parche coyuntural, ya que el solidario sabe ponerse en el lugar del otro y, por tanto, intenta que las soluciones dadas afecten la estructura de su problema y tiendan a minimizar o eliminar su necesidad ulterior de ayuda. Otra cosa es que muchos entiendan hoy la solidaridad como la vieja caridad, incluidas OONNGG, instituciones y políticos cantamañanas. Dar dinero a determinadas causas para lavar la conciencia, para comprar la respetabilidad social o porque está de moda o procura votos no es solidaridad: es caridad en su modalidad más genuinamente farisea. O sea: más que una virtud cristiana, una auténtica putada.

Y he aquí que, un poco por inercia socialdemócrata y otro poco por la generalizada desactivación del sentido del compromiso moral que mina nuestra sociedad, nuestro estado del bienestar zapateril se nos presenta como la madre de todas las caridades. El presidente Zapatero pretende resolver todos los problemas –incluidos los que nadie le llamó a resolver– a golpe de talonario y sin prestar atención siquiera a la progresividad que es exigible en todo mecanismo de redistribución de la renta. ¿Que a la gente se le pone cuesta arriba pagar la hipoteca? Suelto lo de los famosos 400 euros fantasma y listo. ¿Que a los jóvenes les cuesta un ojo de la cara alquilar su vivienda? Cheque que te crió. ¿Que hay hambre en el mundo? Pues va Zapatero a la cumbre de la FAO y, en plena crisis, promete nada menos que 500 millones de euros para “garantizar la seguridad alimentaria” mediante reuniones “de alto nivel” para hablar de la más absoluta nada, que es algo que le chifla, y –si la cosa llega a materializarse en un programa real de acción– mediante grandes sumas de dinero que, a través de las instituciones españolas de cooperación al desarrollo, irán a parar de los bolsillos del contribuyente español directamente a los de algunos dictadores africanos ávidos de fotos y a los de sus cortesanos. No sé si me da más risa esta nueva tontería de “garantizar la seguridad alimentaria” o la de la Alianza de Civilizaciones, pero en cualquier caso me sirve como perfecta ilustración de lo que quería afirmar: frente a la solidaridad, que es progresista porque pretende atender la mejora de las circunstancias de todos a través de un compromiso con la libertad, medidas planificadas y concretas de acción sobre objetivos determinados y medidas de control y evaluación de los resultados, la caridad, que es perfectamente improvisable y mucho más acorde con la acción propagandística, que no requiere grandes complejidades éticas ni controles posteriores porque se perfecciona en el mismo acto de dar, es inequívocamente conservadora: tiende a preservar las diferencias y a hacer que la solución (aunque sea aparente) de los problemas siga dependiendo indefinidamente de los mismos colectivos, personas o países.

No es que yo me quiera poner demagógico, pero no puedo evitar una reflexión un tanto gráfica: si yo fuera una de esas personas que por millones pasan hambre en África, me plantaría delante de Zapatero y le diría: “Gracias por sus buenas intenciones, pero no me venga usted con caridad. Si tanto les interesa combatir el hambre en el mundo, más bien sean ustedes solidarios y no gasten tantísimo dinero en acumular palabras; mejor dejen de fabricar las armas con que nuestros tiranos nos masacran; dejen de apoyar en su política exterior las iniciativas con que Francia nos somete y explota nuestros recursos; no dejen ustedes su pretendida ayuda en manos de los gobiernos que nos esquilman, o al menos no sin control. Y, sobre todo, no me sea usted cantamañanas, que me ofende.” Lo malo es que no tendría ocasión de hacerlo, porque nunca me invitarían a una de esas reuniones de alto nivel: la caridad se gestiona entre iguales.

 
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