Hora de progreso

Comentarios políticos, por Juan Luis Calbarro

Señor Rosselló: gracias por lo de leído

jlcalbarro | 26 Julio, 2008 04:40

Señor Pep Rosselló:

Siento que no le gusten mis artículos. Siempre puede descartarlos, si tanto le disgustan. Pero no; me parece que en el fondo lo que le pasa es que le sabe mal no disponer de argumentos en contra. Porque en la entrada que me dedica en su blog una vez más demuestra no haberse leído el Manifiesto por la lengua común o no haberle encontrado la sustancia, y en lugar de los argumentos recurre a las descalificaciones, a través de algo que pretende ser ironía y no va más allá de la mala baba, y a las consabidas consignas nacionalistas que sólo se creen los ya convencidos. Siento tener que corregirle, pero su alusión es demasiado directa.

Mis opiniones acerca del trato que el Govern da al castellano en los ámbitos público y privado no son “apocalípticas”. Revise la campaña Ara es la teva; recuerde la inmersión lingüística en los centros de enseñanza (en algunos casos, recreos inclusive); juzgue, si tiene la distancia suficiente, el acoso a Air Berlin por parte de diversos grupos nacionalistas. Un gobierno que pretende regular todos los ámbitos de la vida de los ciudadanos, incluido qué lengua utilizan en sus relaciones públicas o privadas, incurre en totalitarismo; le parezca a usted esta afirmación apocalíptica o no.

Efectivamente, usted puede experimentar el deseo de hablar en catalán en Murcia, y yo puedo querer hablar español en Lituania, pero ninguno de estas dos actitudes deja de ser disparatada. En Mallorca, en cambio, y mientras ustedes no se salgan con la suya, hay dos lenguas oficiales y, lo que es más importante, se hablan las dos y, aún más, una de ellas es hablada por el cien por cien de los habitantes de la nación que compartimos y por otros 400 millones de hablantes en otros países, lo que hace de la llamada “política lingüística” del Govern, que discrimina abiertamente, por ejemplo, a los muchos mallorquines (castellanohablantes o no) que desearían escolarizar a sus hijos en español, una auténtica majadería con rango oficial.

Si a usted Cristóbal Serra no le parece un “intelectual mallorquín”, le puedo recomendar un curso. En cuanto al éxito cuantitativo de la recogida de firmas de adhesión al Manifiesto por parte de UPyD en Palma, que a mí me parece muy notable, le ruego considere que nuestras actividades no disfrutan ni de subvenciones ni de personal contratado, ya que no somos ninguna subsecta nacionalista, de modo que el tiempo que le dedicamos es bastante limitado. Pero le puedo asegurar que, en la calle, de la gente que se para a escucharnos y accede al contenido del Manifiesto, no menos de un 80% lo firma. Pónganos usted un sueldo por recoger firmas a jornada completa y nos verá acumular en poco tiempo varios cientos de miles.

Cuando escribo que, según el Manifiesto y según el sentido común, "todo ciudadano tiene derecho a utilizar la lengua de su elección en la escuela, ante la administración o en su negocio", usted interpreta que para ser sincero yo debería añadir que esto será así siempre que se trate de la lengua española. Esta interpretación, señor Rosselló, debe provenir de mala fe; porque, si no es mala fe, es prejuicio y falta de comprensión lectora. Lo que digo es lo que digo, y no lo que a usted le gustaría que dijese para darle a usted razones. Lo triste es que no se las doy, pero a usted le da igual y se las inventa.

Usted insiste en que los territorios y las lenguas sí tienen derechos. Y yo le insisto: eso mismo lo dijeron antes Mussolini, Hitler y Francisco Franco, aunque no seré yo quien le acuse a usted de franquista. Cosa que usted sí hace, a guisa de argumento, cuando en el post en el que pretende denigrar el Manifiesto recurre a aquello tan original de “una, grande y libre”, o cuando me contesta a mí e ilustra su contestación con una foto repleta de banderas de España, incluida alguna preconstitucional. Me gustaría saber cuándo ha leído usted en el Manifiesto nada que tenga que ver con banderas, o cuándo me ha leído o escuchado a mí hablar de banderas, y mucho menos de banderas preconstitucionales. Esta dèria se la dejo a usted y sus correligionarios. De nuevo, perdone que se lo diga, aprecio mala fe y un discurso muy ramplón.

Es radicalmente falso que ni yo ni nadie relacionado con mi partido o con el Manifiesto sólo queramos reconocerle el estatus de oficialidad al castellano, y sólo tengo que remitirme al mismo documento. ¿En qué mundo vive usted? Ustedes los nacionalistas han sido siempre unos profesionales del victimismo, pero antes por lo menos se detenían en los límites del embuste. Ya hace tiempo, no obstante, que no les da reparo atribuir a los demás cosas que nunca dijeron, porque saben que la veracidad es lo de menos si uno cuenta con medios que repitan una y otra vez la mentira hasta que parezca verdad. Y ustedes cuentan con esos medios. Pero mire: por mucho que yo aprecie el catalán, y lo aprecio, nadie podrá convencerme, ni aun con mentiras mil veces repetidas, de que no es mi santa voluntad la que debe dictarme qué lengua uso en la escuela, en la administración y en mi vida privada. Mi santa voluntad y no la de una banda de sectarios apoltronados en una mitología decimonónica.

No existen las lenguas propias; existen las lenguas oficiales, las lenguas maternas y pare de contar. El concepto de lengua propia aplicado a los territorios es tan totalitario como el resto de sus teorías identitarias porque, claro, remite inmediatamente al complementario de lengua impropia o ajena, que es adonde ustedes querían ir a parar. Y le digo más: siento verdadero gusto en escribir en catalán, lo siento como propio en la modesta medida en que lo domino y, mal que bien, suelo contestar en este idioma a quien se dirige a mí en él. Creo que a usted le consta de alguna vez anterior. Pero si me va a echar en cara que escribo en español, como si esto debilitase mi posición, o como si de ello se derivase cualquier consecuencia política, le tengo que contestar que eso de justificarse por usar el castellano se ha acabado. Lo irá constatando, aunque sospecho que ya lo barrunta y de ahí su inquina y la de todos ustedes hacia un Manifiesto que sólo pide respeto a la libertad de todos.

Gracias por intentar explicarme la raíz de todo, pero ya la conocía: a usted le parece mal que alguien en Mallorca pueda vivir y escribir en español. A mí, en cambio, me parece perfectamente enriquecedor que usted escriba y viva en catalán. Me basta con que no quiera imponerme cómo debo hacerlo yo. Pero el nacionalismo es esencialmente coactivo y ustedes jamás se conformarán con menos que la exclusión de todo lo que les parece ajeno. Xenofobia, en definitiva. Usted, contra toda evidencia histórica, contra el derecho nacional e internacional, contra el sentido común y contra el sentimiento de la inmensa mayoría de los mallorquines, cree que Mallorca forma parte de Cataluña, que ésta es una nación colonizada y que quien no comulgue con estas invenciones se equivoca; y esto determina radicalmente su consideración de la realidad. Me sabe muy mal, pero todo esto, por muchos folletos que editen los departamentos de “política lingüística”, no me vale como argumento: recuerde que pertenezco a un partido laico.

O no leen, o mienten

jlcalbarro | 15 Julio, 2008 13:44

Se han puesto nerviosos. Había diarios en Baleares que, durante todas estas semanas que lleva vigente el Manifiesto por la lengua común, le habían prestado una atención exigua o nula. Cuando digo nula, quiero decir exactamente eso: alguno de estos medios no recogía las noticias que a él se referían, ni hacía comentario alguno, ya positivo, ya negativo, al respecto. Pero la adhesión pública de varios intelectuales mallorquines al documento lanzado por Fernando Savater y Mario Vargas Llosa, entre otros, y el enorme éxito callejero de UPyD en la recogida de adhesiones parecen haber levantado ampollas.

Ya lo dicen los del Lobby per la Independència en su portal basura, con su finura argumentativa habitual: “Sólo franquistas y fachas forasters firman el manifiesto de El (In)Mundo”, tildando a Tòfol Serra de “franquista, colaboracionista, borde y renegado”. Llorenç Capellà, en Diari de Balears, nos revela aspectos del Manifiesto que desconocíamos: lo califica de “manifiesto de los intelectuales españoles afines a la derecha” (qué cosas tiene que escuchar Savater a estas alturas), “monumento al cretinismo” e “insulto”; saca a relucir no sólo a Franco, sino incluso al conde-duque de Olivares; pide una “respuesta contundente” por parte de la Generalitat y el Govern; y recomienda a Francesc Antich que llame al orden a firmantes como Rafa Nadal o Gregorio Manzano. Para Capellà, “ciertamente el manifiesto es una agresión”.

Última Hora pasa de la política mantenida hasta ahora (ignorar el Manifiesto) a dedicarle sólo hoy varios espacios, todos ellos muy beligerantes. Miquel Payeras habla del manifiesto de “Sólo en castellano” o “Castellano para todos”, cuyas “tonterías”, dice, “no son respetables” porque “se basan en mentiras”. Carles Ricci titula su columna “El castellano no es nuestro idioma” e identifica el Manifiesto con los coletazos del franquismo (me pregunto qué sería de estos argumentadores si, para fortuna de todos, el franquismo no hubiera tenido lugar), niega el “interés cultural y científico” del castellano y califica a éste de “cultura foránea”. En la sección “Tres en raya”, bajo el epígrafe “¿Por qué algunos quieren hacer con la “lengua de todos” lo que han hecho con la bandera de España?” (versión mejorada de una brillantez de Zapatero), Miquel Àngel Vidal afirma que hablar de lengua común respecto del castellano es “una utilización partidista y errónea” y vuelve a recurrir al franquismo y la inmigración peninsular de los cincuenta para explicar que el castellano esté presente en Baleares (desde el siglo XVIII según la propaganda del Govern en pro del uso del catalán) y afirmar que lo que quieren los promotores del Manifiesto es “eliminar la realidad plurilingüe de España”; y Joan Guasp habla de “odio a lo desconocido, a lo diferente, a lo ajeno”. Por último, la sección de Cultura entrevista a Cristóbal Serra para que explique su adhesión, y hay que decir que, ejemplarmente, la redactora da al Manifiesto su título correcto y coloca todas las declaraciones del sabio mallorquín en sus justos términos.

Uno de los comentaristas más divertidos es Antonio Tarabini, quien, desde la comodidad de su plaza de hombre del régimen y de su columna en Diario de Mallorca, además de jactarse de su cualificación en latín y otros idiomas, para inmediatamente depositar en la página un “neardhental” (sic), un “va de retro” (sic) y un “lletra ferit” (sic), escribe una argumentación absolutamente irrelevante para proponer a continuación el lanzamiento de un “Manifiesto por la lengua catalana” que “no atacaría al español, tal como hacen los autores del otro Manifiesto con los otros idiomas instalados en España”.

Lo que molesta no es la crítica –más bien al contrario: a todos nos hace mucha falta más crítica–. Lo que molesta de verdad es la falta de rigor, ya que ninguno de los argumentos que aportan estos pseudocríticos se ciñe a la realidad del Manifiesto, sino al deseo de desacreditarlo sin atender a su tenor. Uno, que respeta todas las formas de pensar, incluidas aquellas que le parecen menos puestas en razón, siempre que los argumentos aportados mantengan un vínculo mínimo con la realidad de las cosas, no puede sino llegar a la conclusión de que o todas estas firmas critican el Manifiesto sin haberlo leído, o la ideología los ciega, o mienten por los motivos que todos podemos suponer.

Porque ocultar la intención de los promotores del polémico texto cambiándole el titulo (manifiesto “de El Mundo”, manifiesto del “sólo en castellano”, manifiesto del “castellano para todos”, manifiesto “contra el catalán”) es ya, en sí, una tergiversación grave. El Manifiesto establece textualmente como premisa que “todas las lenguas oficiales en el Estado son igualmente españolas y merecedoras de protección institucional como patrimonio compartido” y que “en las autonomías bilingües cualquier ciudadano español tiene derecho a ser atendido institucionalmente en las dos lenguas oficiales”, y se recomienda la rotulación oficial bilingüe; todo lo cual no parece muy acorde con la citada expresión “sólo en castellano”. Eso sí, el texto propone soluciones no impositivas para la convivencia de todas las lenguas y hace hincapié en los derechos individuales: todo ciudadano tiene derecho a utilizar la lengua de su elección en la escuela, ante la administración o en su negocio. También, por supuesto, los catalanohablantes; parece mentira tener que aclararlo, pero los que lo niegan obligan constantemente a ello. Quien firma este documento firma también estar en contra de que a nadie le pueda ser denegada la atención en una oficina en catalán, vasco o gallego, le pueda ser hurtada la educación en catalán, vasco o gallego si la elige o se le impida rotular su negocio en catalán, vasco o gallego si así le place: algo que parece de sentido común. Tan de sentido común como cuando sustitutimos “catalán”, “vasco” o “gallego” por “castellano”. Sólo se trata de esto. Sacar a colación a Franco (como hizo también el diario La Vanguardia en su editorial del 3 de julio) o mentir con respecto al contenido del Manifiesto por la lengua común no resiste, es verdad, análisis serio alguno; pero además denota una voluntad torticera, alejada de la más elemental deontología periodística.

Y debe constar que no atribuyo este evidente y sectario alejamiento de la ética exclusivamente a las personas: es algo que está en el ambiente, que lleva funcionando demasiados años y que el vínculo establecido de manera casi irresoluble entre empresas periodísticas, partidos políticos y poderes fácticos fomenta y llega a hacer percibir como algo natural. Pero no lo es. Y puedo asegurar que quienes se benefician del totalitarismo catalanista son los mismos de siempre: los especuladores y corruptos asociados a partidos-mafia íntimamente relacionados con medios periodísticos; los que pertenecen a determinadas castas profesionales en las que la exclusión del castellano rebaja la exigencia de eficacia, aunque también rebaje la calidad del servicio a la ciudadanía; los que optan a plazas para las que el requisito del catalán disminuye la competencia (en todos los sentidos de la palabra); los amigos y parientes; los que obtienen subvenciones y contratos públicos; los totalitarios; en definitiva, los que ya se beneficiaban con Franco. Y quienes se perjudican son, también, los mismos de siempre: los que no pueden pagarse, por ejemplo, una escuela privada que les garantice su derecho a elegir la lengua de la educación de sus hijos –un derecho que se les niega con el sólo fin de beneficiar a los hijos de los privilegiados, que sí pueden estudiar libres de la inmersión en catalán en colegios privados (como los de Bàrbara Galmès) o internacionales (como los de José Montilla) o en una facultad madrileña (como los de Jordi Pujol). Frente a la pujanza de Madrid, Cataluña es ya reconocidamente un pozo de ineficacia económica y de servicios gracias a la gestión de los que prefieren una patria pobre, injusta e ineficaz pero acaparada por quienes deben acapararla; y en Mallorca algunos aspiran a lo mismo. Los perjudicados por la merma de derechos y servicios serán los menos favorecidos. En el Manifiesto por la lengua común se defienden los derechos frente a los privilegios. ¿Quiénes son, aquí, por tanto, los fachas? ¿De dónde viene la agresión? ¿Quién miente?

La identidad canaria según Soul Sanet, o el nominalismo elevado a la categoría de razón política

jlcalbarro | 13 Julio, 2008 20:56

Como ejemplo magnífico y epítome de los fundamentos intelectuales del nacionalismo canario, ya en su momento nos llamó poderosamente la atención “Llámame por mi nombre”, una canción que durante los años 2000 y siguientes resonó una y otra vez en las emisoras canarias de radio y televisión, perteneciente al álbum Denominación de origen, del grupo Soul Sanet. No vamos a entrar en calificar los méritos musicales de esta formación compuesta por cinco jóvenes tinerfeños, a medio camino entre el rap, la balada soul y los ritmos más o menos latinos, puesto que a la vista están (ya no diremos al oído). Sí quisimos entonces, en cambio, hacer un comentario de la letra de “Llámame por mi nombre”, un texto que sirvió y ha de seguir sirviendo de guía tanto literaria como espiritual a los jóvenes canarios que aspiren a serlo de provecho. En este momento, en que las siete estrellas verdes han subido al pabellón del nacionalismo oficial, nos vuelve a parecer de actualidad.

“Esto es un canto a la supervivencia/ de lo que queda de una raza, de una lengua”, comienza el texto. La presentación de aquello en lo que va a consistir la pieza nos predispone positivamente hacia algo que es deseable por todos: la supervivencia de una raza y de una lengua es algo que sólo despreciarían los más obtusos. En esta proposición aceptamos, como de pasada, el hecho incontestable de que hay una raza y una lengua de las que algo “queda” y, además, asumimos que el concepto de “raza” es fundamentador de la identidad. El inicio prosigue con una exhortación: “Enseña la historia, escucha lo que cuenta/ la leyenda/ sobre una tierra/ que un pasado encierra”. En estos versos, el característico ritmo del rap, rico en síncopas sorprendentes y complejos contrapuntos, nos sumerge en una confusión que está lejos de ser impremeditada: al encontrar a un mismo nivel “historia” y “leyenda”, quien escucha se libera de la perniciosa distinción academicista entre ciencia, documentación y veracidad, por un lado, y tradición popular, misterio y sugerencia, por otro, con lo que queda habilitado para asimilar sin prejuicios las enseñanzas del autor.

La continuación (“Testigo del caído,/ del rey vencido,/ de raza esclavizada,/ lengua olvidada/ y conquistada”), en progresivo despojamiento de lo más insustancial del lenguaje, o sea, los artículos, anima al destinatario del mensaje a convertirse en algo así como el albacea de un colectivo étnico del que sería injusto afirmar, como hacen muchos ratones de biblioteca sin contacto con la escuela de la calle, que se halla separado de nosotros por cinco o seis siglos de historia, la lengua, la religión, la cultura, los intereses y el mismo ADN. Alude después el texto a una “lucha a cuerpo desnudo/ que con el invasor no pudo,/ sólo con coraje y piel de escudo”, versos que, como todos los restantes, sólo un lector poco avisado calificaría de ripiosos, y que en realidad enfatizan, por medio de una rima dura y consistente, la rudeza e injusticia del genocidio. Sostener que los antepasados del quinteto chicharrero probablemente estuvieron en las filas del invasor y no en las del pueblo sometido es sólo una tergiversación que en ningún hecho histórico documentado se apoya. Los versos que vienen luego (“rompió su lanza,/ su guerra descansa,/ el aborigen ya no avanza”) alumbran tras una niebla gramatical y semántica sólo aparente la confusión de aquellos días de combates y esclavitudes. Las siguientes líneas (“Noventa y cuatro años de contienda/ a la venta en una tienda./ Indígenas por cientos/ con un futuro incierto,/ vendidos./ Dolor por lo que son y lo que han sido./ De grandes reyes libres a esclavos convertidos”) insisten en esa triste condición del esclavo, con una sintaxis hiperbática y un uso preposicional neológico que confiere al lenguaje del rap su renovador carácter.

El empleo inteligente de la anáfora (“Mi vida y mis costumbres,/ mi sangre dividida,/ mi tradición, mi nombre,/ mi identidad perdida”), así como de la redundancia (“junto a mis sentimientos/ dicen lo que yo siento”) sirven para preparar con singular estilo una épica culminación: “Me debes creer cuando grito al viento/ y digo que/ soy un mencey,/ de mi propio mundo el rey”, que irrumpe, con significación súbitamente opuesta a las líneas anteriores, para expresar el paradójico orgullo de la raza sometida y aniquilada que renace gracias a mágicos mecanismos que no conoceremos hasta el cierre del texto y, así, nos mantendrán en vilo. La crudeza del hecho histórico a través de la crudeza de la rima y la denuncia del viejo pleito insular como pura imposición del invasor sobre unas islas naturalmente fraternas se expresan con soltura magistral en los versos que continúan la serie: “No hay fuego que queme/ a mi hermano guanarteme”.

A través de la nominación, el estribillo reivindica la identidad perdida sólo en apariencia (“Por mi nombre llámame”) y la proverbial hospitalidad aborigen (“abre, entra y quédate)”, que no empece un moderno sentido de la propiedad (“ésta es mi casa”) ni una profunda conciencia étnica que nunca palidece (“ésta es mi raza”). Los letristas, cuyo concepto de la historia es, sin duda, dialéctico, continúan con frases que contrastan con el sentimiento de pertenecer a un pueblo de “sangre dividida” e “identidad perdida”, versos de alcance y orgullo étnico que sólo los malintencionados tildarían de racistas (“Regresa a la etnia, a la pura,/ a la fuerza isleña, a la altura,/ presa de orgullo, hermosura”). Sigue una yuxtaposición de sintagmas sólo parcialmente referenciales, que prolongan el eco de “pura”, “altura” y “hermosura” con intenciones rítmicas y parecen aludir al componente mágico de la cultura aborigen: “Lección de bravura,/ de corazón,/ bendición,/ remedio y cura/ de maldición”.

Una nueva convocatoria cuajada de esperanza brota del colectivo magín de Soul Sanet, que emplea dos conceptos no por muy utilizados menos vigentes, sobre todo en una sociedad como la nuestra, en que las palabras lucha e insumiso se han difuminado entre el consumo y la jerigonza de bar de instituto: “Lucha/ por el eco que aún se escucha/ del rey insumiso que murió,/ que al barranco saltó”. La exhortación continúa con afortunados tintes mesiánicos: “renuncia a ser cautivo,/ resucita al nativo,/ guarda siempre contigo/ lo que sobrevivió”. El camino es la acción, como saben muy bien todos cuantos siguen el rap, ese arte de vanguardia urbana y compromiso social: “Reclama,/ mantén viva la llama”, y un caracoleante verso pronuncia por primera vez el gentilicio mágico, la clave de toda la composición: “defiende la memoria en el tiempo del guanche de Anaga”.

El texto toca a su fin en un tono de exaltación patriótica muy conforme con los tiempos que corren. Llegan los versos que manifiestan el espíritu que recorre la canción de arriba a abajo, la propuesta de mantener el “legado de mi pueblo, presente/ década tras década en mi gente,/ no leyenda solamente”. En el recitado final, la identidad se fundamenta en la pureza y en la sencillez de la mera afirmación, en la fuerza del nombrar, frente a la vana disquisición pseudocientífica demasiado frecuente entre quienes se llaman pensadores: “Tú y yo, todos somos reyes,/ canarios, menceyes./ Un pueblo con personalidad propia,/ con nombre propio”. Se resuelve así la paradoja de la historia legendaria o la leyenda histórica, el falso conflicto entre la fe y la razón, la clave de la Historia con mayúsculas. Y esa clave, como en el mito adánico, está en el nombre, en la recreación, en la nominación: “Nombres como Ruymán, Acaymo, Ayose, Guacimara, Yaiza, Gara hacen que nuestra lengua sobreviva”.

La clave de la identidad canaria según Soul Sanet estriba, por tanto, en la confluencia de dos factores básicos: la conservación de los nombres aborígenes en los libros de historia, que permiten hablar de “nuestra lengua” como entidad superviviente (nos referimos, claro está, al guanche; el castellano es la lengua de los invasores), y la fuerza incontestable y progresista de lo étnico canario, que subrepticiamente y con el vigor de las razas fuertes ha sobrevivido a cinco o seis siglos de genocidio, evangelización, castellanización, repoblación española y portuguesa, importación de esclavos negros y berberiscos (que a finales del siglo XVI eran franca mayoría en las dos islas orientales, según censos seguramente falseados), incorporación a la cultura occidental, viajes de ida y vuelta a Hispanoamérica, franquismo, democracia y otras catástrofes características del colonialismo. Acudir al hecho de que tantos canarios se llamen Julio, Claudio, Antonio o Domingo para significar que el pueblo canario sea el heredero de los césares romanos sería indecente. Los Fernandos, Gonzalos y Recaredos que pueblan La Laguna, Arrecife o Telde no van asociados a una mágica supervivencia de la sangre visigoda, y mucho menos goda, en nuestras venas. Quien defienda que la presencia de nombres como José, Juan o Ismael en el padrón de Puerto del Rosario o en el de Puerto de la Cruz supone lazos genéticos con el pueblo hebreo actúa de mala fe. Por último, que tres de los componentes de Soul Sanet, habiendo sobrepasado alguno de ellos ya la treintena y llamándose Francisco Trujillo Rodríguez, Miguel Ángel Morales Perera y Francisco José Morales Perera, prefieran figurar en su web y en las carpetas de sus discos como Frank, Mike y Jefry y vestirse y aderezarse como si fueran camellos o proxenetas salidos de una película de Spike Lee, no indica que el pueblo canario descienda de una pareja de afroamericanos horteras instalados en Las Palmas, ni tampoco que estos chicos sean unos mequetrefes. Probablemente, aparte vender discos a los más jóvenes e inexpertos, lo único que pretenden es seguir una moda.

Pero lo que importa no es nada de eso, sino la raza y la lengua; sobre todo si su existencia se basa en orígenes convenientemente legendarios y suficientemente repetidos a través de tres o cuatro nombres bien escogidos. ¿Quién va a negar, con la razón en la mano, que alguien llamado Beneharo Pérez, Tinerfe Cabrera o Yeray de León ha de ser guanche de pura cepa y, por tanto, canario de pro? Nosotros no, desde luego. Las cosas, por su nombre.

 
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